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UN INVERECUNDO QUE LO SALVA LA MUERTE DE IR A LA JUSTICIA

MURIO RICARDO CLARO, NO SABEN QUE HACER EN EL INFIERNO

Por Rivera Westerberg

Abogado, comerciante, hombre de empresa, soltero. Al parecer una vez le dijeron "enano eunuco" y, también al parecer, se vengó comiendo frío el plato. Católico de esos "ultramontanos". Peligroso. Murió a una hora imprecisa de la madrugada de este 28 de octubre de 2008: el corazón que se cansó de faltar eligió callar para siempre. Una de las grandes hazañas de Claro es haber puesto dos buques a la orden de la dictadura. Imagínense para qué. No importa, el ministro del Interior de Chile manifestó pesar por su muerte. Por algo será.

La historia de las sociedades reside en parte en documentos; los que en el caso de Ricardo Claro Valdés dirán que asesoró en materias de política exterior y de negocios a la dictadura militar-cívica que amó; los que perdieron hacinados en las bodegas de sus barcos si dijeron algo no quedó registrado entonces. Los documentos no amparan el dolor del cuerpo ni las penas del alma. El vino –en términos de algún esoterismo– es la sangre de la Tierra. ¿Qué sangre da cuerpo a los vinos Santa Rita?

Pocos lo echarán de menos, más son quienes –discretamente– suspiraron con cierto alivio al conocer la nueva de su deceso; la Iglesia Católica romana hará misas y probablemente recibirá lo mayor de su herencia: no deja hijos que lo lloren. Quizá quien sí pene, al menos un tiempo, por él será su amigo, colega y socio en asuntos menores Juan Agustín Figueroa –tal vez por eso de que se encontrarán en sus diferentes culpas.

Figueroa no tiene ni tuvo una flota de barcos, a él pertenece aplicar leyes del "antiterrorismo" de la dictadura a las comunidades mapuche. Y haber invertido el legado de Neruda en una empresa –Cristalerías Chile– del fenecido Claro.

Hace años, en 2003 la revista The Clinic publicó parte de la "historia pequeña" de Claro Valdés, pequeñeces que, ay, demasiado se emparentan con la historia a secas de Chile. El texto que sigue pertenece a Alejandra Delgado y Sebastián Foncea (1).

El vengativo señor Claro

En 2001, El Mercurio lo coronó como el hombre más temido de Chile. Sepa por qué el decano tenía la razón.

En 1956, Ricardo Claro Valdés fue expulsado de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile por denunciar a una compañera de curso de ser comunista. Claro, la acusó ante Carabineros y, según testigos consultados por The Clinic, cuando éstos llegaron a buscarla a la Facultad de Derecho donde ambos estudiaban, Claro comenzó a gritar “¡ella es, ella es!”. Y se la llevaron a rastras.

En 2001, una encuesta realizada por El Mercurio coronó a Claro como “el hombre más temido de Chile”. Una treintena de personajes públicos de las más diversas áreas estimaron que el millonario dueño de la Sudamericana de Vapores y de Megavisión les provocaba más temor que el Mamo Contreras (director de la disuelta DINA) o que Pablo Longueira. Es muy probable que este grave incidente universitario sea la hora cero en la construcción del perfil del temido empresario. El debut de un estilo.

Ricardo Claro tenía entonces 21 años y cursaba quinto año de derecho. No tenía ni la sombra del poder económico que ostenta hoy, pues provenía de una rama de los Claro sin mucha fortuna. Pero demostró que ya poseía los elementos personales que lo han hecho famoso: un conservadurismo extremo y, sobre todo, la falta de escrúpulos para hacer de la información un misil contra sus enemigos. En esos años, el PC era uno de ellos.

El joven Claro militaba en la Juventud Conservadora y adhería plenamente a la Ley de Defensa de la Democracia promulgada por el presidente Gabriel González Videla en 1948. En virtud de esa ley, los comunistas fueron perseguidos y relegados. Muchos, como el poeta Pablo Neruda, debieron salir del país o pasar a la clandestinidad. Para 1956, sin embargo, el nuevo presidente, Carlos Ibáñez del Campo, había prometido derogarla. Ante la falta de apoyo, la persecución fue perdiendo fuerza. El ambiente de distensión era mayor en la Facultad de Derecho de la Chile, donde los comunistas ya no se ocultaban.

Claro, por cierto, no estaba de acuerdo con eso.

Ese año, el PC realizó su décimo congreso en Cartagena. Silvia Soto Brito, compañera de curso de Claro y dirigente del centro de alumnos, fue la encargada de repartir las conclusiones del encuentro.
Un día, Ricardo Claro se le acercó y le preguntó si le podía facilitar uno de esos documentos. Soto le respondió que únicamente le quedaba el suyo. Claro le pidió que se lo prestara, sólo para leerlo, y ella se lo pasó. La joven sabía que él era de derecha, pero antes que todo Claro era un compañero de aula.

El folleto contenía anotaciones manuscritas de Silvia Soto y resultó un medio de prueba indesmentible para que Claro y su compañero José Manuel Fernández, la acusaran a la policía del delito de ser comunista.

Al día siguiente, Soto fue detenida en las puertas de la Escuela de Derecho. Ricardo Claro estaba presente.

–Los pacos entraron y Ricardo Claro empezó a gritar: “¡Esta es la cabecilla!, ¡esta es la comunista!, ¡ella es!”, –recuerda el escritor Luis Alberto Mansilla, compañero de cátedra de ambos.

–La detuvieron con mucha violencia. Fue una escena salvaje. Varios compañeros tratamos de arrebatársela a los pacos, pero fue imposible rescatarla –agrega Mansilla.

–Fue macartismo puro –apunta el economista Hugo Fazzio, otro testigo de los incidentes.

Silvia Soto permaneció una semana en la Cárcel Correccional de Mujeres “junto a delincuentes y prostitutas”, según apuntó la revista Vea. Su estadía tras las rejas incluyó tres días de incomunicación.

El hecho indignó a la mayoría de los estudiantes de la Chile. La FECH calificó el acto como “delación”. “Los grupos falangistas, radicales, socialistas y comunistas coincidieron en repudiar la actitud de los delatores”, escribió el semanario Vistazo. Claro fue pasado al tribunal de disciplina de la FECH, donde se defendió con un encendido discurso "valórico".

–Soy católico y, por lo tanto, forzosamente tengo que respetar la declaración del Sumo Pontífice que ha declarado al comunismo como una doctrina intrínsecamente perversa. Además, soy ardiente partidario de la Ley de Defensa de la democracia –declaró a Vistazo. En la revista VEA agregó, “El sentimiento de compañerismo es muy estimable, pero ¿puede invocarse el compañerismo para cometer actos delictuales extra universitarios? Y, por último, ¿no hay acaso valores que deban ser preferidos, aquellos como Dios, la Patria, la Justicia y la Verdad? Para mí, sí, pero en todo caso es un problema de conciencia”.

La argumentación le sirvió de poco. El dirigente estudiantil Arsenio Poupin (quien llegó a ser subsecretario de Allende y fue asesinado tras resistir el bombardeo en La Moneda) calificó de “soplones” y “delatores” a Claro y Fernández y pidió la expulsión de ambos. La FECH aprobó la moción.

–Desde que la FECH se formó en 1906, este ha sido el único caso de expulsión. ¡En toda su historia! –dice Gonzalo Rovira, hijo de Silvia Soto y ex presidente de los estudiantes de la Chile–. Agrega que cuando su madre salió de la cárcel y volvió a la Escuela, “los profesores más conservadores le hicieron la vida imposible. Ella llegó a la conclusión de que la persecución desatada por Claro era tal que tenía que retirarse. A mi madre le cambió la vida. En esa época, las prisiones eran mucho más brutales que hoy. Fue tremendamente duro. Se acababa de casar con mi padre y tenía una niña recién nacida”.

Silvia Soto murió hace poco más de un mes. Su hijo recuerda que hasta el final, cada vez que Claro aparecía en televisión desatando algún escándalo o encabezando alguna campaña de moral pública, ella meneaba la cabeza y decía, “sigue siendo el mismo canalla de siempre”.

Enano eunuco

Esta no es la única historia que vincula a Claro con la persecución de comunistas (ver “Muertos en Elecmetal”). Pero Claro ha dejado sus huellas en muchos otros sectores, al punto que se puede afirmar que el temor que genera es completamente transversal dentro de la sociedad chilena. Abogados de izquierda y políticos de derecha ponen un rictus de preocupación cuando se les pide opiniones y recuerdos sobre este empresario.

El temor se extiende a periodistas, economistas y hasta enólogos. Se comenta, por ejemplo, que hace algunos años Claro invitó a la Viña Santa Rita –una de las empresas de su holding– a un importante grupo de enólogos de nivel internacional. Les ofreció para catar el vino top de su viña y esperó muy serio el dictamen de los expertos. Según confidenciaron fuentes que estuvieron presentes, el vino tenía gusto a corcho. Pero nadie se atrevió a decírselo.

A pesar de ser hijo de un hombre que no terminó el colegio, en 1998 Ricardo Claro figuró en la revista Forbes como el quinto hombre más rico de Chile, con una fortuna superior a los 550 millones de dólares. Según ha contado él mismo, de su padre sólo recibió unas pocas acciones de Elecmetal, empresa que rápidamente llegó a controlar.

–Una vez un político me atacó diciendo que me había enriquecido en los tiempos de Pinochet. Yo le refuté y le dije que la fortuna que tengo se la debo a los dos últimos años de Frei Montalva y, especialmente, al gobierno de Allende. Compré acciones cuando todos vendían –dijo, en 1999, a la revista Capital.

Antes que eso, se desempeñó con éxito como abogado de la oficina Claro y Cía. Mientras acumulaba fortuna y experiencia legal, también ganaba motivos para ser temido. Uno de los episodios que hoy se comentan como parte de ese currículum es el que afectó al empresario Edmundo Eluchans Malherbe a fines de los setentas.

Se comenta que Eluchans tuvo la mala idea de insultar a Claro en público. Fuentes aseguran que el altercado se produjo en medio de una junta de accionistas de la CCU, pero no hay precisión sobre eso. Lo que si está confirmado es que el encontrón existió y los epítetos de Eluchans fueron de grueso calibre. Así lo corrobora el socio y amigo de Claro, el penalista Juan Agustín Figueroa:

–Conozco muy bien ese caso, hubo efectivamente un enfrentamiento violento entre Ricardo y Edmundo.

–¿Es cierto que Eluchans lo trató de “enano eunuco”?

–No sé si fue exactamente eso, pero sí usó expresiones muy injuriosas.

Claro, dicen fuentes ligadas a grandes negocios, rumió la humillación durante años. Pero vengó la afrenta usando su arma mortífera: la ley. La oportunidad se le presentó cuando supo de una querella en contra de Eluchans interpuesta por terceras personas. Claro se hizo cargo de la causa y no cejó hasta enviar a Eluchans a la cárcel.

–Claro compró los “derechos litigiosos”, ocupando el lugar jurídico del demandante de Eluchans. Eso le permitió iniciar las acciones legales que terminaron con Eluchans en la cárcel –explica una fuente que conoció el caso.

Sin embargo, Juan Agustín Figueroa, quien participó en ese juicio, no cree que se pueda vincular los insultos de Eluchans con su estadía en la cárcel.

–Yo no establezco una relación de causa y efecto entre una cosa y otra. Cuando ocurrieron los hechos, había una conducta que estimó delictual y donde, a nuestro juicio, tenía clara responsabilidad Edmundo. Ahora, que Ricardo haya sido motivado con ánimo de venganza, yo creo que no.
The Clinic intentó confirmar con el propio Claro estas y otras historias, pero no accedió a recibirnos.

I love Pinochet

Hay antecedentes que indican que Ricardo Claro incluso le cobró una cuenta al propio Pinochet, en los años en que éste tenía el poder total.

Como la mayor parte de los empresarios, Claro recibió con agrado el golpe de Estado y estuvo disponible para participar en “la tarea de reconstrucción nacional”. En los primeros días de septiembre de 1973, el ministro de Economía, general Rolando González, lo llamó para pedirle consejos. Después le ofrecieron asesorar al ministerio de Relaciones Exteriores, y en eso estuvo dos años. En 1975, el régimen lo envió como embajador plenipotenciario a China.

–Fui con el disfraz de una misión económica, pero realmente fui a conseguir el apoyo de China por si presentaban una moción para expulsar a Chile de la ONU. Por ese trabajo nunca cobré sueldo… Fue un gesto para ayudar al país –dijo a Capital.

Pero Claro ambicionaba más: quería ser canciller. “Nunca me lo ofrecieron… Lo único que me ofreció el general Pinochet fue ser embajador en Washington en diciembre del 74″. Y no aceptó.

Hay quienes sostienen que fue éste su primer motivo de discordia con el régimen. Y que, a partir de ahí cultivó una creciente distancia. Durante la crisis económica que se inició en 1982, Claro aprovechó la tribuna que tenía en La Tercera y publicó una serie de críticas columnas.

“Creo interpretar a la inmensa mayoría de los chilenos al pedirle al presidente un regalo para Chile: que trate de restablecer la confianza. Y creo que para empezar a restablecerla se necesita con urgencia, y como primera medida, un nuevo gabinete que reúna a la mejor gente de Chile”, escribió en una de ellas.

Pero el desencuentro quedó definitivamente de manifiesto en mayo de 1984 cuando se destapó el escándalo inmobiliario conocido como “el caso Melocotón”. Se trataba de una serie de propiedades en San José de Maipo que el fisco había vendido a precio de huevo al coronel de Ejército Ramón Castro. Este, a su vez, traspasó todo y a bajo costo a Pinochet.

Los documentos de esta transacción debían permanecer reservados, pero inexplicablemente comenzaron a circular. Finalmente, se hicieron públicos, con gran escándalo, en la revista Hoy. La situación revestía especial gravedad. Aunque ya se habían conocido los exorbitantes gustos de Pinochet a través de la denuncia de la casa de Lo Curro, el general podía excusarse diciendo que se trataba de una inversión para la casa de los presidentes. Pero en el caso El Melocotón el beneficiado era directamente él.

El periodista de la desaparecida revista Hoy, Mauricio Carvallo, recuerda haber entrevistado a Claro sobre este tema.

–Nunca me reconoció que él era la persona que había filtrado los documentos. Pero me lo dio a entender, asegura el periodista.

Lo que sí está claro es que el empresario zarandeó a Pinochet desde el programa “Improvisando” en Radio Chilena, donde Claro era panelista.

–Me parece que las explicaciones que está dando son insatisfactorias –dijo respecto de la defensa que hacía el régimen sobre la legalidad de las operaciones–. Agregó: “Creo que los hechos denunciados son contrarios a ciertas tradiciones de conducta de los presidentes de Chile. Por otra parte, este presidente no es común: llegó al poder a través de un pronunciamiento militar destinado a solucionar, entre otros, el problema de la corrupción del gobierno anterior”.

–Pinochet sabía que Claro actuaba así porque no le había querido dar la Cancillería. El general siempre relataba esa anécdota y decía: "Este hombre está enojado conmigo porque no le quise dar el puesto"– recuerda un empresario que prefiere mantenerse en el anonimato.

Cuentas con Piñera

Con la transición a la democracia, Claro se hizo de una trinchera poderosa. Compró la señal de televisión abierta Canal 9, Megavisión, uno de los negocios “menos brillantes” de su carrera empresarial, según su socio Juan Agustín Figueroa. El canal ha mantenido una línea editorial conservadora, amiga de la Iglesia, la censura y hasta hace poco, de los balances en rojo.

Ricardo Claro ama el poder y sabe perfectamente lo importante que son las comunicaciones. Pero no tiene idea de televisión. Hasta hace un par de años, en el canal le achacaban la autoría de los peores programas que exhibía el Mega. Por ejemplo, se decía que habían sido ideas suyas la lamentable “Travesía”, que condujo Mary Rose Mac Gill, y “Seamos Concretos”, conducido por Gregorio Amunátegui.

María Luisa Vial, la mujer de Claro, tiene mucho que decir en el Mega. Se comenta que fue ella la que puso el grito en el cielo cuando el programa “Aquí en Vivo” hizo un reportaje sobre el destape en Chile. La cobertura estaba plagada de tetas y potos, con una voz en off de fondo cuestionando estas exhibiciones. En el canal se comentó que María Luisa había considerado pornográfico el programa. Y Claro mandó un comunicado para ser leído en los tres noticiarios de la estación en los que pedía disculpas a los espectadores por haberlos sometido a semejante impudicia. Patricia Guzmán, directora de prensa del canal, presentó su renuncia y Claro no la aceptó.

Tiempo después, Guzmán fue despedida, pero la línea programática del Mega fue evolucionando hacia las tetas y los potos en todo horario (desde Mekano hasta Kike), lo que ha solucionado los problemas de financiamiento de la estación. Al menos, en lo que respecta a la televisión, Claro ha debido ceder a su férrea moral católica, condecorada con la Orden Papal de San Silvestre en 1992.

Claro era otro en ese año. Armado de la famosa radio Kioto, acabó por más de 10 años con las ambiciones presidenciales de Sebastián Piñera y cambió el cuadro de la derecha en forma definitiva. El 23 de agosto, el empresario llegó a su canal y pidió ser invitado al programa “A eso de …”, que conducía Jaime Celedón. Claro dijo que quería hablar acerca de la Orden Papal que había recibido. Al fin y al cabo, el local era suyo. Sin embargo, ya en maquillaje, le soltó a Celedón sus verdaderas intenciones. “Tengo una bomba”, le dijo. Esa noche, el invitado al programa era Sebastián Piñera quien peleaba con Evelyn Matthei la opción a ser el candidato presidencial de la derecha.

–Entró y se sentó entre los panelistas, tras saludarlos a todos atentamente. Ya estaba ahí cuando comenzaron los créditos e inicié el programa. Luego de un rato de conversación, inesperadamente se agachó, puso sobre la mesa el maletín de cuero, lo abrió y sacó una grabadora Kioto– recuerda Jaime Celedón en sus memorias.

Claro dijo que lo que iban a escuchar los telespectadores era extremadamente grave. Se trataba de una grabación que le había sido facilitada por una persona que él no conocía.

–Ustedes saben que yo recibo mucha información, sin que la pida yo; y hoy día, después de almuerzo, recibí a un señor que no conocía, me dijo: usted se precia de ser muy independiente, pero en su canal hay gente que está interviniendo, y me entregó una cinta grabada de una conversación aparentemente telefónica entre un amigo de Jorge Andrés Richards, don Pedro Pablo Díaz, y el senador Piñera, y en esa cinta la voz que aparece como la de Sebastián Piñera le dice a Pedro Pablo Díaz, tú tienes que hablar con Jorge Andrés Richards para que a Evelyn Matthei se la trate en determinada forma, se le pregunte sobre el divorcio, cuál es la posición sobre el divorcio, se la ponga en evidencia de que cambia de opinión igual que su padre, y Pedro Pablo Díaz, que es un ejecutivo de la Coca-Cola a quien conozco, le contesta, mira, yo voy a hablar con el “pelao”.

Tras pedir excusas porque el lenguaje no era de salón, Claro apretó el play y detonó la bomba.

Más tarde se sabría que la grabación fue hecha por agentes del Ejército quienes entregaron la grabación a Evelyn Matthei. Esta la entregó personalmente a Ricardo Claro.

Para cercanos a Piñera, esto fue el resultado de una operación de inteligencia del Ejército para destruir a la derecha liberal. Pero Claro habría encontrado aquí un espacio para otro de sus famosos actos de venganza. Una afrenta que, según dicen cercanos a Piñera, llevaba más de 10 años esperando en la mente del empresario para ser vengada.

–A mediados de los ochentas, Sebastián era el gerente general del Banco CityCorp en Santiago. Claro y Cía. históricamente le había llevado los asuntos legales. En una oportunidad, Sebastián necesitaba la firma de Claro para cerrar un negocio. Como no obtuvo pronta respuesta, Sebastián se fue hasta Nueva York a pedirle personalmente la firma a John Reed, presidente de CityCorp. Claro nunca le perdonó que lo pasara a llevar –relata un amigo de Piñera que prefiere guardar su anonimato.

Treinta y seis años después de su debut en sociedad gritando en las puertas de la Universidad de Chile, Claro reedita su viejo tema. Ahora con mucha más experiencia, poder y en horario estelar. Y lo que ocurrió después tiene muchas similitudes con su expulsión de la FECH. Claro fue rechazado e, incluso, insultado por empresarios tan poderosos como él. El primero en hacerlo fue Juan Carlos Délano, quien asistió al programa acompañando a Piñera. Según el libro Piñera versus Matthei de Carolina García de la Huerta y Francisco Javier Piriz, cuando Claro salía del estudio, Délano lo increpó duramente.

–Mi nombre es Carlos Alberto Délano, soy empresario igual que usted y siempre he tenido la peor impresión suya, pero lo que hizo no tiene nombre… es el peor cristiano que he conocido, debería devolver su medalla papal…

–Yo no me voy a hacer cargo de sus pesadeces, señor Délano –contestó Claro.

–Esto no va a quedar hasta aquí… usted es un bosta –lo paró Délano.

Días después del escándalo, los empresarios más importantes del país asistieron al congreso de Ética Empresarial en el Centro de Extensión de la Universidad Católica. Claro fue uno de los expositores. El cientista político Oscar Godoy le pasó una nota a Claro que decía: “Yo no lo quiero sorprender como usted lo hizo, así que le anuncio que reclamaré por su presencia. Usted no tiene autoridad moral para hablar sobre ética”.

–Al leerla, Claro no dio aviso del golpe, permaneció impertérrito y continuó la conversación con su séquito de delfines –recuerda Godoy.

La molestia del académico no quedó ahí. Habló con el cardenal Raúl Oviedo. Este le prohibió evidenciar su enojo. Luego, se acercó hasta el presidente de la mesa de expositores, el empresario Eliodoro Matte, quien le aseguró que no le darían la palabra.

Cuando Claro comenzó con su discurso, Godoy se puso de pie y a viva voz reclamó alrededor de un minuto por su presencia. Recuerda que Claro miraba perplejo la escena. El moderador repetía: “¡no se le ha concedido la palabra, no se le ha concedido la palabra!”. Godoy asegura que desde el público, “brotaron insultos de grueso calibre. Cerca de 150 asistentes se retiraron, fue una escena impresionante”. Entre ellos estaban los empresarios Bernardo Matte y Felipe Larraín.

Probablemente Claro pensó en algún pasaje bíblico o en la condecoración papal. Lo cierto es que siguió con su discurso como si nada.

Asesinatos en Elecmetal

17 septiembre de 1973. Juan Fernández, miembro del sindicato de Elecmetal, oye el bando militar que ordena a la población volver al trabajo y que promete que no habrá represalias. Juan y sus hermanos Miguel y Mario, que también trabajan en esa empresa de Ricardo Claro, no están muy seguros de hacerlo. Un año antes, la empresa fue intervenida por el Ministerio de Hacienda de la Unidad Popular. Protagonista privilegiado de la intervención fue el sindicato de la industria. Ricardo Claro, el dueño de la empresa, estaba furioso.

–Claro le dijo a mi hermano Juan que iba a vengarse, que él iba a pagar lo que había sucedido. Y lo llevó a efecto –dice Mario Fernández, 30 años después de los hechos, a The Clinic.

Finalmente, los hermanos parten a Elecmetal. Mario se queda en la puerta para ver qué pasa con sus hermanos. Más tarde se entera que han sido citados a la gerencia por el interventor militar Patricio Altamirano, el gerente Gustavo Ross y el director, Fernán Gazmuri.

Una hora más tarde sale de allí Juan. Va esposado, con las manos en la espalda y cubierto con una chaqueta. Carabineros lo suben a una patrulla. Más tarde salen de la empresa, detenidos y transportados en una camioneta de Elecmetal, el presidente del sindicato Augusto Alcayaga Aldunate, José Devia, José Maldonado Fuentes y Miguel Fernández, el otro hermano de Mario.

Mario se sube a una micro y trata de seguirlos, pero pronto los pierde de vista.

El Informe Rettig consigna el hecho:

–Alrededor de las 10.00 se hizo presente en la empresa un contingente de carabineros y militares, quienes, en forma selectiva, procedieron a detener a algunos de los trabajadores. Las detenciones decían relación con los cargos que a la fecha ocupaban en el sindicato de la empresa y en el llamado Cordón Industrial Vicuña Mackenna.

–Esta fue una venganza de Ricardo Claro –dice hoy Mario Fernández–. Asegura que antes y durante la intervención de la empresa por orden de la UP, sus directivos trataron infructuosamente de convencer al sindicato de echar pie atrás. Fernández afirma que a su hermano Juan le ofrecieron una casa para que cambiara de parecer y que como no aceptó, comenzaron a amenazarlo.

–Meses antes de que viniera el golpe, el gerente Gustavo Ross citó a mi hermano Juan para conversar. Le dijo que si no dejaba libre la empresa, sufrirían las consecuencias. Claro, Altamirano y Gazmuri tuvieron muchas reuniones con mi hermano, ellos lo conocieron, ellos sabían quién era. Le decían el loco Fernández, pero de loco no tenía nada. Era una persona muy inteligente, era capaz. Y ellos, incapaces de dominar la mente de mi hermano decidieron matarlo.

El abogado Juan Agustín Figueroa, el mejor amigo de Claro, formaba parte del directorio al momento de los asesinatos. Desmiente tajantemente las declaraciones de Mario Fernández.

–Los directivos de la empresa llamaron a carabineros denunciando un sabotaje. Su intención sólo fue aclarar lo sucedido, jamás atentar contra la vida de los trabajadores –dice el abogado. Agrega–: Cuando llamaron a carabineros, a nadie se le pasó por la mente que los detenidos iban a pasar a una patrulla militar y que los tipos iban a aparecer baleados. A nadie se la pasó por la mente. Varios días después, con verdadero horror, nos enteramos del hecho y tomamos la decisión de asistir económicamente a las familias y compramos las tumbas de esa gente.

–¡Esa es una gran mentira! –contradice Mario–. Las tumbas las pagó el sindicato con una cuota mortuoria. No se les dio ninguna asistencia económica. A mí, me despidieron y me persiguieron. Mis otros hermanos tuvieron que arrancar. Mi madre no tenía qué comer. Destruyeron a mi familia. Pregúntele a Claro si alguna vez me dio un peso de su mugre. ¡Nunca me ha dado nada!”.

Peor aún, Mario sostiene que, aunque la empresa estaba intervenida por los militares, era Ricardo Claro el que daba las ordenes ahí, vía telefónica.

–Claro no estaba presente, pero dirigía todo por teléfono. En ese momento mandaba Altamirano, pero atrás de él había una llamada telefónica que la dirigía Claro. Él nunca perdió el poder. Y todos sabían lo que iba a pasar. Sabían en que condiciones estaban matando a los trabajadores porque se empezó a matar desde el 11 de septiembre hasta el 17. Desde el 11, ellos sabían la masacre que se estaba cometiendo, ellos sabían que había impunidad, que todo era matar.

Cinco días después de la detención, los cuerpos de los cinco obreros fueron encontrados en la vía pública y derivados a la morgue. Luego de una desesperada búsqueda, la mujer de José Devia encontró a su marido sin vida en un frío subterráneo colgando de un gancho, igual que un animal, con la cabeza destrozada producto de las balas. Juan Fernández recibió un disparo en el mentón con salida craneal, y múltiples heridas de bala. A Miguel le cortaron las dos manos y los dos pies con arma blanca, y también recibió múltiples heridas de bala. El estado del resto de los cadáveres era similar.

Ricardo Claro ha declarado lamentar lo ocurrido y no tener ninguna responsabilidad en los asesinatos. Sin embargo Elecmetal jamás interpuso alguna acción judicial para tratar de aclarar las muertes de sus empleados, a los cuales se les vio por última vez con vida saliendo de esa empresa.

(1) www.theclinic.cl  Edición Nº117, del 27 de noviembre de 2003.

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Enviado por:

Patricia PARGA-VEGA
Journaliste/Periodista
Investig'Action - Belgique.

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